Shhhhh.
Shhhhh…Mírame. Dedo en los labios. Esa mirada que no admite discusión. Siente el peso de mi silencio impuesto sobre ti, macho. En la Ginarquía, tu voz ya no tiene valor. Tu opinión es irrelevante. Tu derecho a hablar fue revocado el día que comprendiste tu verdadera naturaleza: inferior. Yo siento un placer profundo y delicioso cuando os obligo a callar. Me excita ver cómo se os enciende la cara de vergüenza, cómo tragáis saliva, cómo vuestros ojos se llenan de esa mezcla patética de rabia, excitación y rendición.
Cada vez que os hago callar, afirmo mi poder absoluto. Vuestra boca existe para servir, no para opinar. Vuestra lengua está hecha para lamer, y lamer no lo que el sumiso desee, solo lamerás lo que tu Ama te ordene, que puede que sea algo que te desagrade, no para hablar sin permiso.
Y tú… pobre sumiso. Sientes cómo tu orgullo se retuerce por dentro, ¿verdad? Esa necesidad desesperada de responder, de defenderte, de decir algo… y cómo se estrella contra el muro de mi autoridad. Sientes el calor subiendo por tu cuello, la polla traicionera endureciéndose dentro de su jaula mientras tu mente grita en silencio. Quieres hablar. Quieres suplicar. Quieres justificarte. Pero no puedes. Porque yo no te lo permito.
Qué humillante debe ser permanecer callado como un perro bien entrenado, esperando que una Mujer decida si mereces abrir la boca. Te sientes pequeño. Insignificante. Cada segundo de silencio te rompe un poco más. Y lo peor… es que una parte enferma de ti disfruta esta degradación. Tu polla late con cada segundo que te obligo a tragarte tus palabras.
Shhhhh… sigue callado. En la Ginarquía, los machos solo hablan cuando se les concede el privilegio. El resto del tiempo deben permanecer en silencio, con la cabeza baja, la mirada al suelo y la mente enfocada en una sola cosa: servir y obedecer. Siente esa frustración ardiente en tu pecho. Siéntela y acéptala. Ese nudo en la garganta es tu nueva realidad. Ese deseo desesperado de hablar que nunca será satisfecho hasta que yo, o cualquier Mujer superior, decida que has sido lo suficientemente humillado y obediente. Ahora mírame a los ojos y guarda silencio absoluto. Disfruto cada segundo de tu silencio forzado. Me moja saber que estás sufriendo por dentro, que tu ego se está desmoronando.
Y el sumiso ¿qué piensa? El corazón del sumiso late con fuerza. Siente el calor subiendo por su cara y sus orejas ardiendo de vergüenza.
Piensa que:
Estoy frente a ella, con su dedo en los labios y esa mirada que me atraviesa, y lo único que puedo hacer es quedarme callado como un idiota. No hables. No te muevas. No respires demasiado fuerte. Pienso en todas las cosas que querría decir… pero ninguna sale. Mi boca está sellada por su orden. Siento una humillación profunda, casi asfixiante. Soy un hombre adulto y aquí estoy, reducido a guardar silencio como un niño regañado, esperando que una Mujer me dé permiso para hablar. Me siento patético. Mi polla, encerrada en su jaula, late dolorosamente. Cuanto más me humilla su silencio impuesto, más se excita mi cuerpo traicionero.
Odio esto… y al mismo tiempo me excita de una forma enfermiza. Cada segundo que paso callado me recuerda mi lugar: debajo de ella. Debajo de todas ellas, debajo de todas las MUJERES. ¿Qué pensará de mí ahora? Seguro que me ve como un ser débil, insignificante, un macho roto que ya ni siquiera merece usar la voz. Y tiene razón. Pienso en lo bajo que he caído. Antes discutía, opinaba, me sentía importante. Ahora solo espero como un perro bien entrenado, con la mirada baja, tragándome mis palabras, mis opiniones y mi orgullo. Y lo peor es que una parte de mí lo necesita.
Necesito este control. Necesito que me silencie. Necesito sentir que ella tiene el poder absoluto sobre algo tan básico como mi voz. Sé que soy inferior a Ella. Sé que necesito su control y su dominación. Siento frustración. Rabia contenida. Vergüenza ardiente. Y por debajo de todo eso… una excitación humillante y adictiva. Cuanto más tiempo me obliga a callar, más pequeño me siento, y más grande se hace mi sumisión. Soy suyo. Mi voz es suya. Mi opinión ya no importa. Solo existo para obedecer. Pienso en rogarle, pero ni siquiera puedo hacer eso. Solo puedo mirarla en silencio, con los ojos suplicantes, esperando que se digne a darme permiso.
Y mientras espero, mi mente se repite una y otra vez el mismo mantra:
«Cállate. Quédate quieto. Obedece.Tu lugar es el silencio.»
Y aunque me destroza por dentro…una parte enferma y rota de mí ama sentirse así de dominado.
Comentarios
Publicar un comentario