La jaula
El sótano olía a humedad, látex y poder femenino. Las tres jóvenes dominantes estaban de pie frente a la jaula metálica, ignorando deliberadamente al hombre desnudo y arrodillado que temblaba en su interior. Hablaban entre ellas con total naturalidad, como si comentaran qué hacer con un mueble nuevo o un perro callejero. Vera, la pelirroja de curvas exuberantes y mirada feroz, señaló con el dedo hacia la jaula mientras se dirigía a sus compañeras: —Mirad qué cara de idiota tiene ya. Mi madre siempre decía que cuanto antes les rompamos la mente, antes se convierten en lo que realmente son: objetos útiles. Propongo que empecemos fuerte. Nada de “suavidad”. Quiero que en una semana ya no recuerde cómo se llamaba antes de llegar aquí. Lina, la rubia de cola alta, sonrió con frialdad y cruzó los brazos, haciendo que su vestido de látex crujiera. —Estoy totalmente de acuerdo. Ayer hablé con mi tía y me recomendó el “protocolo de anulación”. Primero le quitamos el nombre. A partir de ah...