Mi Ama se corre.. yo no estoy autorizado.

 


La habitación está en penumbra. Tú permaneces completamente desnudo, arrodillado frente a ella, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la polla ya medio dura solo por estar en esa posición humillante.
Tu Ama se reclina en el sillón con las piernas bien abiertas, la bata de seda negra completamente abierta. Te mira desde arriba con esa sonrisa superior y comienza a acariciarse lentamente los pechos.
—Mírate… —susurra con desprecio—. Arrodillado como un perro inútil, con la polla colgando y ya goteando solo porque me ves. Patético.
Se pellizca los pezones con más fuerza y suelta un primer gemido bajo y ronco:
—Hmmm…

Su respiración empieza a hacerse más profunda. Sus pechos suben y bajan visiblemente. Baja una mano entre sus piernas y empieza a frotarse el clítoris en círculos lentos. Al principio solo respira más fuerte, pero pronto sus gemidos se vuelven más frecuentes.
—Ahh… joder… —gime con voz más grave—. Mira cómo se me moja el coño… solo por tenerte así, tan sometido.

Sus mejillas comienzan a sonrojarse. Introduce un dedo dentro de sí y suelta un gemido más largo y placentero:
—Aaahhh… sí…

Sus caderas empiezan a moverse ligeramente contra su mano. El sonido húmedo de sus dedos deslizándose se escucha claramente. Sus pezones están completamente erectos y su piel se está poniendo más rosada por el pecho y el cuello.
—Esto es lo que mereces, esclavo, perro… verme disfrutar mientras tú sufres. Mírame. No apartes la vista.
Acelera el movimiento de sus dedos. Ahora mete dos y empieza a follarse más rápido. Sus gemidos suben de intensidad:
—Ahh… ahh… ¡mmmf! —gime con la boca entreabierta, los ojos entrecerrados de placer—. Se me está hinchando el clítoris… está tan duro…
Su respiración es ahora entrecortada. Pequeños temblores recorren sus muslos. El coño se le ve visiblemente más hinchado, brillante y empapado. Arquea un poco la espalda y echa la cabeza hacia atrás, soltando un gemido más gutural y prolongado:
—Oooohhh… ¡sí! Me estoy poniendo tan cachonda humillándote…
Te mira de nuevo, con los ojos brillantes y la cara enrojecida. Sus pechos se mueven con cada respiración agitada.
—Tu Ama se está excitando de verdad… y tú ni siquiera puedes tocarte esa polla inútil. ¿Te das cuenta del poder que tengo sobre ti? —ríe entre gemidos—. Puedo correrme cuando quiera… y tú te quedas caliente y negado.
Sus dedos se mueven cada vez más rápido. Ahora usa tres dedos y frota su clítoris con la palma de la mano. Sus gemidos son casi continuos y más agudos:—Ahh… ahh… ¡ahh! ¡Joder! Me voy a correr…
Su abdomen se tensa visiblemente. Las piernas le tiemblan sin control. Tiene la cara completamente roja, los labios hinchados y entreabiertos, y un hilo de saliva le cae por la comisura mientras gime sin vergüenza.
— ¡Mírame! ¡Mírame cómo me corro! —ordena casi gritando entre gemidos—. ¡Aaahhh…! ¡Sííí! ¡Me corrooo!
Su cuerpo entero se sacude violentamente. Arquea la espalda con fuerza, los dedos hundidos hasta el fondo dentro de su coño. Un chorro de humedad le salpica los muslos mientras tiene un orgasmo intenso y largo. Sus gemidos se convierten en gritos entrecortados:— ¡Aaaahhh! ¡Fuuuuck! ¡Síííí!
Tiembla sin parar, los músculos de sus piernas y abdomen contrayéndose una y otra vez. Su cara es una mezcla de placer absoluto y arrogancia. Te mantiene la mirada todo el tiempo mientras se corre, disfrutando de tu desesperación.
Cuando el orgasmo empieza a bajar, sigue gimiendo suavemente, con pequeños espasmos residuales:—Hmmm… ahh… joder… qué rico…
Aún jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápidamente y el coño brillando empapado, se limpia los dedos mojados en tu cara y tu boca, restregándolos con fuerza.
—Buen perrito… —dice con voz ronca y satisfecha—. Mira cómo me he corrido mientras tú sigues ahí, duro y dolorido, sin poder tocarte. Esto es lo que soy para ti: tu Ama. Tu dueña. Tu placer no existe si yo no lo permito.
Se recuesta de nuevo, aún respirando agitada, y te mira con una sonrisa cruel.—Ahora quédate exactamente así otros quince minutos. Quiero que mi olor te impregne mientras sufres. Ni se te ocurra mover las manos. Pero me apetece ver como chupas mis fluidos, ven a comerme y limpiarme el coño, esclavo.—Sí, Ama… Gracias por dejarme ver cómo se corre. Y por dejarme saborear su precioso templo.—Así me gusta. Completamente bajo mi control.


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