El grupo del moño.
En las calles empedradas del centro histórico de la ciudad, donde los edificios antiguos guardan secretos mejor que cualquier confesionario, existía un grupo que nadie nombraba en voz alta, pero que todos sentían en el aire cuando una mujer pasaba con el cabello perfectamente recogido en un moño alto, tenso, impecable. Las llamaban El Grupo del Moño . No eran muchas. Doce, siempre doce. Todas mayores de treinta y cinco, todas con una mirada que parecía haber leído el alma de los hombres antes de que ellos mismos la conocieran. Vestían con elegancia severa: blusas de seda abotonadas hasta el cuello, faldas lápiz o pantalones de corte masculino, tacones que sonaban como sentencias. Y el moño. Siempre el moño. Tirante, alto, sin un solo cabello suelto. Era su corona y su látigo. La fundadora era Victoria Soler , exdirectora de una multinacional que un día renunció a todo tras descubrir que podía hacer que un consejo de admi...