Mirando el culo del Ama.

 


La Ama Elena estaba sentada en el viejo taburete de madera, de espaldas a su esclavo. Sabía perfectamente el efecto que causaba. Los jeans ajustados marcaban cada curva de su culo perfecto, redondo y firme, como si hubieran sido pintados sobre su piel. La chaqueta de cuero negra cortada dejaba ver la parte baja de su espalda, esa zona suave y peligrosa que él tanto ansiaba besar pero que casi nunca se le permitía tocar.
Su mano enguantada en cuero negro descansaba con descuido en el bolsillo trasero, los dedos asomando por los agujeros del guante, jugando con las llaves que colgaban de una cadenita: la llave de su jaula de castidad.
—Puedes mirar, gusano —dijo ella con voz baja y burlona, sin girarse—. Sé que estás de rodillas detrás de mí, con los ojos clavados en mi culo como el perro en celo que eres. ¿Cuántos días llevas ya encerrado?—Treinta y siete, Ama… —respondió él con voz temblorosa.
Elena soltó una risa suave y cruel.—Treinta y siete días sin correrte. Treinta y siete días con esa pequeña jaula de acero aplastando tu patética polla mientras yo paseo este culo delante de ti. ¿Sientes cómo se hincha inútilmente contra los barrotes? ¿Cómo duele?Se movió ligeramente en el taburete, haciendo que los jeans se tensaran aún más sobre sus nalgas. El cuero del guante crujió cuando sacó lentamente la mano del bolsillo, dejando que las llaves tintinearan provocadoramente.
—En la Ginarquía, tu placer ya no te pertenece. Tu polla ya no es tuya. Es un objeto mío. Un juguete que mantengo encerrado para recordarte tu lugar: debajo de mujeres como yo.
Se giró solo lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, con una expresión de absoluto desprecio y diversión.—Mírame bien. Este culo que tanto deseas lamer… nunca será tuyo. Solo puedes adorarlo con la mirada y con la lengua cuando yo decida. Y mientras tanto, seguirás encerrado. Cada vez más desesperado. Cada vez más roto. Cada vez más mío.
Elena volvió a meter la mano en el bolsillo trasero, apretando las llaves con fuerza dentro del guante.—Quizás dentro de otros treinta y siete días te deje olerlo de cerca… si te portas como el esclavo inútil y obediente que debes ser. Hasta entonces, solo mira. Sufre. Y agradece que una diosa como yo te permita siquiera existir en mi presencia.
El esclavo temblaba de rodillas, con la jaula dolorosamente apretada, los ojos fijos en ese culo enfundado en denim que representaba todo su nuevo mundo:

Negación, humillación y devoción absoluta.


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