Mi Ama llegó cansada
Era una noche cualquiera. El reloj marcaba las diez en punto cuando se oyó la llave en la cerradura. Yo ya llevaba horas preparándolo todo: la casa en penumbra, olor a vainilla suave de las velas, su gin-tonic frío con una rodaja de lima perfectamente cortada sobre la mesita, el vibrador cargado y escondido bajo un cojín del sofá, lubricante tibio en un cuenco con agua caliente. Estaba desnudo, solo con el collar negro que ella me había puesto semanas atrás, arrodillado a un metro exacto de la puerta, cabeza gacha, manos cruzadas en la espalda como si rezara.
La puerta se abrió. Entró el olor a calle fría y perfume suyo mezclado con el sudor sutil del día entero de trabajo. No dijo nada al principio. Solo se quedó ahí, mirándome desde arriba con esa media sonrisa que significa “qué patético y qué mío a la vez”. Cerró la puerta con el tacón, dio dos pasos y se paró justo delante de mí.—Bienvenida a casa, mi Superiora Absoluta —susurré sin levantar la vista—. Este inútil ha pasado todo el día pensando en lo miserable que es comparado con Usted. Por favor… úseme para desahogarse cuando quiera.
Ella soltó una risita corta, casi despectiva. Extendió un pie.—Quítamelos con la boca, gusano.
Me incliné más, apoyé las palmas en el suelo para no tocarla sin permiso y cogí el borde del zapato con los dientes. Lo deslicé despacio, con cuidado de no rozar demasiado la piel. Cuando el zapato cayó, lamí el empeine sudado, la planta, entre los dedos. Mientras lo hacía, ella empezó a soltar las primeras frases, lentas y medidas, como si las hubiera estado guardando todo el día:—Mírate… lamiendo el sudor de una Mujer que ha estado trabajando de verdad mientras tú te has pasado el día entero masturbándote mentalmente con la idea de ser útil. Patético. ¿Sabes cuánto vale un segundo de mi tiempo comparado con toda tu existencia? Nada. Absolutamente nada.
Me dio un cachete suave con la mano libre, no de castigo, sino de aprobación juguetona.—Repítelo. Dime en voz alta por qué no vales ni el aire que respiro.Tragué saliva, con la lengua todavía en su pie.—Porque… porque soy un parásito… un cero a la izquierda… solo existo porque Usted me tolera… mi vida no tiene valor sin su desprecio…—Más alto. Quiero oír cómo se te quiebra la voz.—Soy un parásito… un cero a la izquierda… mi vida no tiene valor sin su desprecio, Ama…
Ella se rio por lo bajo y me empujó la cabeza hacia atrás con el pie.—Arrastrándote hasta el sofá, rápido. Y mientras gateas, ve recitando en voz baja por qué soy superior a ti en todo.
Gateé delante de ella, con la frente casi rozando el suelo, murmurando sin parar:
Llegamos al sofá. Se sentó con un suspiro largo de cansancio satisfecho, abrió las piernas sin ceremonia. Me ordenó bajarle la ropa interior con los dientes. Temblaba tanto que tardé más de lo debido; cada roce accidental de mis labios en su piel me hacía sentir más diminuto.
Cuando por fin la dejé expuesta, se recostó, cogió la copa y dio un sorbo lento.—Ahora mírame a los ojos… no, espera. No te mereces mirarme a los ojos. Mira mi coño. Eso es lo más alto que vas a llegar en tu vida miserable. Y mientras miras, repite diez veces seguidas, sin parar, sin respirar hondo: «Soy un perdedor que no merece ni olerle».
Lo hice. De rodillas entre sus muslos, mirando fijamente su sexo, voz entrecortada y cada vez más baja:—Soy un perdedor que no merece ni olerle… soy un perdedor que no merece ni olerle… soy un perdedor que no merece ni olerle…
En la séptima repetición me trabé. Ella chasqueó la lengua.—Otra vez desde el principio. Y esta vez añade: «…y mi polla es una vergüenza comparada con su poder».—Soy un perdedor que no merece ni olerle y mi polla es una vergüenza comparada con su poder… soy un perdedor…
Cuando terminé las diez, ella me agarró del pelo con la mano libre y me empujó contra ella.—Lame. Despacio al principio. Y cada diez lamidas, para y dime una razón nueva por la que eres inferior a mí. Si no se te ocurre nada original, te dejo sin respirar hasta que inventes algo.Obedecí. Lengua plana, movimientos lentos y devotos mientras ella miraba el móvil con la otra mano, bebiendo a sorbos tranquilos.
Tras diez lamidas:—Porque Usted decide… yo solo ejecuto órdenes como un robot barato.Diez más:—Porque su inteligencia me aplasta… yo apenas entiendo lo que Usted considera básico.Diez más:—Porque incluso su cansancio es superior al mío… yo nunca he trabajado de verdad.Diez más:—Porque mi erección solo sirve para recordarme lo ridículo que soy cuando Usted está excitada.
Se fue excitando poco a poco. De repente me agarró con más fuerza, se deslizó hacia delante y se sentó en mi cara, su peso aplastándome la cara, cortándome el aire justo lo suficiente para que sintiera el vértigo. Entre jadeos entrecortados empezó a soltar una retahíla sin filtro:—Mírate… asfixiándote bajo una Mujer que ni siquiera ha tenido que esforzarse hoy para ponerte así de patético. Tu vida es esto: oler, lamer y callarte. No sirves para más. Ni para follar, ni para hablar, ni para existir sin permiso. Eres un agujero con lengua… un juguete que se humedece solo de ser humillado. Si me corro es porque tu miseria me excita, no porque valgas algo. ¿Entiendes? Di que sí con la lengua dentro.
Asentí como pude, con la lengua presionada contra ella.Justo cuando su respiración se aceleró, me ordenó:—Tócate. Pero sin permiso para terminar. Y mientras te tocas, repite en voz alta: «Mi orgasmo es una broma… solo el de mi Ama cuenta… mi orgasmo es una broma…»
Me masturbé ahí abajo, humillado, mientras seguía lamiendo con desesperación. Cuando ella llegó al clímax —un gemido largo, profundo, casi animal— me apretó la cabeza contra su sexo y gritó entre dientes:—Trágatelo todo, basura. Eso es lo único que vales en esta casa. Trágatelo y agradécemelo.—Gracias… gracias por dejarme tragar su placer… gracias por usar mi boca… soy tan afortunado de ser tan insignificante…
Se quedó quieta un rato, respirando hondo, los pies apoyados en mi cara como si fuera un reposapiés. Luego me hizo limpiar todo con la lengua, despacio, sin prisa, mientras seguía murmurando:—Mírame cómo descanso después de correrme… y tú sigues con las ganas, perdedor. Tu frustración es mi mejor post-orgasmo. Dime cuánto te duele no correrte.—Me duele… me duele mucho… pero es lo que merezco… gracias por negármelo…Me dejó tocarme tres veces más hasta el borde y parar en seco. Cada vez repetía la misma letanía que ella me obligaba a decir:
Al final, con la voz ya somnolienta y satisfecha, me negó todo:—Hoy no eyaculas. Quédate con las ganas toda la semana por haber sido tan inútil. Y cada noche, antes de dormir, vas a repetirme por mensaje las cinco razones nuevas por las que eres inferior a mí. Si no lo haces bien, duplico la negación.
Me quedé de rodillas mientras ella se levantaba, me dio una palmadita en la cabeza como a un perro bueno y se fue hacia el dormitorio sin mirar atrás. Yo me quedé ahí, en el suelo del salón, con el sabor de ella todavía en la boca, la frustración latiendo en todo el cuerpo y una devoción tan grande que casi dolía.
Así fue anoche. Ella durmió como una reina. Yo me quedé despierto un buen rato más, agradecido de ser tan pequeño a su lado.
Ella soltó una risita corta, casi despectiva. Extendió un pie.—Quítamelos con la boca, gusano.
Me incliné más, apoyé las palmas en el suelo para no tocarla sin permiso y cogí el borde del zapato con los dientes. Lo deslicé despacio, con cuidado de no rozar demasiado la piel. Cuando el zapato cayó, lamí el empeine sudado, la planta, entre los dedos. Mientras lo hacía, ella empezó a soltar las primeras frases, lentas y medidas, como si las hubiera estado guardando todo el día:—Mírate… lamiendo el sudor de una Mujer que ha estado trabajando de verdad mientras tú te has pasado el día entero masturbándote mentalmente con la idea de ser útil. Patético. ¿Sabes cuánto vale un segundo de mi tiempo comparado con toda tu existencia? Nada. Absolutamente nada.
Me dio un cachete suave con la mano libre, no de castigo, sino de aprobación juguetona.—Repítelo. Dime en voz alta por qué no vales ni el aire que respiro.Tragué saliva, con la lengua todavía en su pie.—Porque… porque soy un parásito… un cero a la izquierda… solo existo porque Usted me tolera… mi vida no tiene valor sin su desprecio…—Más alto. Quiero oír cómo se te quiebra la voz.—Soy un parásito… un cero a la izquierda… mi vida no tiene valor sin su desprecio, Ama…
Ella se rio por lo bajo y me empujó la cabeza hacia atrás con el pie.—Arrastrándote hasta el sofá, rápido. Y mientras gateas, ve recitando en voz baja por qué soy superior a ti en todo.
Gateé delante de ella, con la frente casi rozando el suelo, murmurando sin parar:
—Usted es inteligente… yo soy estúpido.
Usted es fuerte… yo soy débil.
Usted trabaja y produce… yo solo consumo y estorbo.
Su cuerpo es perfecto… el mío es ridículo y asqueroso.
Su placer importa… el mío es una broma.
Usted manda… yo obedezco como un animal domesticado…
Llegamos al sofá. Se sentó con un suspiro largo de cansancio satisfecho, abrió las piernas sin ceremonia. Me ordenó bajarle la ropa interior con los dientes. Temblaba tanto que tardé más de lo debido; cada roce accidental de mis labios en su piel me hacía sentir más diminuto.
Cuando por fin la dejé expuesta, se recostó, cogió la copa y dio un sorbo lento.—Ahora mírame a los ojos… no, espera. No te mereces mirarme a los ojos. Mira mi coño. Eso es lo más alto que vas a llegar en tu vida miserable. Y mientras miras, repite diez veces seguidas, sin parar, sin respirar hondo: «Soy un perdedor que no merece ni olerle».
Lo hice. De rodillas entre sus muslos, mirando fijamente su sexo, voz entrecortada y cada vez más baja:—Soy un perdedor que no merece ni olerle… soy un perdedor que no merece ni olerle… soy un perdedor que no merece ni olerle…
En la séptima repetición me trabé. Ella chasqueó la lengua.—Otra vez desde el principio. Y esta vez añade: «…y mi polla es una vergüenza comparada con su poder».—Soy un perdedor que no merece ni olerle y mi polla es una vergüenza comparada con su poder… soy un perdedor…
Cuando terminé las diez, ella me agarró del pelo con la mano libre y me empujó contra ella.—Lame. Despacio al principio. Y cada diez lamidas, para y dime una razón nueva por la que eres inferior a mí. Si no se te ocurre nada original, te dejo sin respirar hasta que inventes algo.Obedecí. Lengua plana, movimientos lentos y devotos mientras ella miraba el móvil con la otra mano, bebiendo a sorbos tranquilos.
Tras diez lamidas:—Porque Usted decide… yo solo ejecuto órdenes como un robot barato.Diez más:—Porque su inteligencia me aplasta… yo apenas entiendo lo que Usted considera básico.Diez más:—Porque incluso su cansancio es superior al mío… yo nunca he trabajado de verdad.Diez más:—Porque mi erección solo sirve para recordarme lo ridículo que soy cuando Usted está excitada.
Se fue excitando poco a poco. De repente me agarró con más fuerza, se deslizó hacia delante y se sentó en mi cara, su peso aplastándome la cara, cortándome el aire justo lo suficiente para que sintiera el vértigo. Entre jadeos entrecortados empezó a soltar una retahíla sin filtro:—Mírate… asfixiándote bajo una Mujer que ni siquiera ha tenido que esforzarse hoy para ponerte así de patético. Tu vida es esto: oler, lamer y callarte. No sirves para más. Ni para follar, ni para hablar, ni para existir sin permiso. Eres un agujero con lengua… un juguete que se humedece solo de ser humillado. Si me corro es porque tu miseria me excita, no porque valgas algo. ¿Entiendes? Di que sí con la lengua dentro.
Asentí como pude, con la lengua presionada contra ella.Justo cuando su respiración se aceleró, me ordenó:—Tócate. Pero sin permiso para terminar. Y mientras te tocas, repite en voz alta: «Mi orgasmo es una broma… solo el de mi Ama cuenta… mi orgasmo es una broma…»
Me masturbé ahí abajo, humillado, mientras seguía lamiendo con desesperación. Cuando ella llegó al clímax —un gemido largo, profundo, casi animal— me apretó la cabeza contra su sexo y gritó entre dientes:—Trágatelo todo, basura. Eso es lo único que vales en esta casa. Trágatelo y agradécemelo.—Gracias… gracias por dejarme tragar su placer… gracias por usar mi boca… soy tan afortunado de ser tan insignificante…
Se quedó quieta un rato, respirando hondo, los pies apoyados en mi cara como si fuera un reposapiés. Luego me hizo limpiar todo con la lengua, despacio, sin prisa, mientras seguía murmurando:—Mírame cómo descanso después de correrme… y tú sigues con las ganas, perdedor. Tu frustración es mi mejor post-orgasmo. Dime cuánto te duele no correrte.—Me duele… me duele mucho… pero es lo que merezco… gracias por negármelo…Me dejó tocarme tres veces más hasta el borde y parar en seco. Cada vez repetía la misma letanía que ella me obligaba a decir:
—Tu placer no importa. Solo el mío cuenta. Tu placer no importa. Solo el mío cuenta.
Me quedé de rodillas mientras ella se levantaba, me dio una palmadita en la cabeza como a un perro bueno y se fue hacia el dormitorio sin mirar atrás. Yo me quedé ahí, en el suelo del salón, con el sabor de ella todavía en la boca, la frustración latiendo en todo el cuerpo y una devoción tan grande que casi dolía.
Así fue anoche. Ella durmió como una reina. Yo me quedé despierto un buen rato más, agradecido de ser tan pequeño a su lado.
Comentarios
Publicar un comentario