Ciudad de la Ginarquía. Control de castidad.

En una ciudad bajo Ginarquía total (donde la castidad masculina es ley obligatoria desde los 18 años, controlada por las Patrullas Ginárquicas Femeninas).

Estás caminando por la Avenida de la Supremacía Femenina a las 11 de la mañana, con tu jaula de acero obligatoria bajo los pantalones. De repente, un silbato agudo te para en seco.
Dos oficiales Ginárquicas se acercan. Una es alta, morena, uniforme negro ajustado con botas hasta la rodilla y el emblema dorado de la “Orden de la Llave” en el pecho. La otra es rubia, más joven y con cara de sádica profesional. Llevan pistolas de descargas y llaves maestras colgando del cinturón.
Oficial Morena (voz autoritaria y fría):
—¡Alto ahí, macho! Control de castidad rutinario. Manos detrás de la espalda y piernas abiertas. Ya sabes el procedimiento.

Tú obedeces al instante. El corazón te late a mil.
Oficial Rubia (sonriendo con desprecio mientras saca su tablet):
—Documento de propiedad, por favor. ¿A qué Ama perteneces? ¿O eres de uso público municipal?

Le entregas tu tarjeta de identificación con el QR que lleva el nombre de tu Ama y el número de serie de tu jaula.
Oficial Morena (leyendo en voz alta para que toda la calle escuche):
—Ah, mira… “Propiedad privada de la Ama Valeria”. Muy bien. Pero vamos a comprobar que llevas tu colgajo bien encerrado como manda la Ley Ginárquica. Desnúdate. Todo. Aquí mismo.

La calle está llena de mujeres que se paran a mirar, algunas sonriendo, otras grabando con el móvil. Dos chicas de 20 años se ríen abiertamente.
Tú empiezas a quitarte la ropa. Camiseta fuera. Pantalones abajo. Calzoncillos… y ahí quedas: completamente desnudo en plena calle, jaula de acero brillante al sol, bolas colgando, plug anal visible si te giras.
Oficial Rubia (riendo a carcajadas):
—¡Joder, mirad qué cosita más ridícula! ¿Eso es lo que tenéis entre las piernas los “hombres”? Ni siquiera se le levanta con la vergüenza. Acércate, esclavo. Abre las piernas más.



Te agarra de las bolas con una mano enguantada y tira hacia arriba. La jaula choca contra su palma.
Oficial Morena (hablando alto para la audiencia):
—Escuchad todas, ciudadanas: este es el ejemplo perfecto de lo que debe ser un macho bajo Ginarquía. Polla encerrada 24/7, sin derecho a tocarse, sin derecho a correrse sin permiso. ¿Cuántos días llevas sin eyacular, gusano?
Tú (voz temblorosa): “Ciento veintisiete días, Oficial…”
Oficial Rubia (apretando más fuerte las bolas):
—¡Ciento veintisiete! ¡Qué patético! Y todavía camina por la calle como si fuera libre. Date la vuelta y agáchate. Quiero ver si llevas el plug de obediencia anal obligatorio.

Te pones en cuatro patas sobre la acera. La gente se acerca. Una mujer mayor aplaude.
Oficial Morena (dando un golpe con la bota en tu culo):
—Más abierto. Mira cómo brilla el plug… perfecto. Pero la jaula… mmm… tiene un pequeño arañazo. ¿Has intentado quitártela, cerdo? ¿O tu Ama te ha castigado últimamente?

Oficial Rubia (hablando a las espectadoras):
—Señoras, ¿queréis participar? ¿Alguna quiere comprobar con su propia mano si este retrete está bien cerrado?
Dos chicas se acercan riendo. Una te mete un dedo por la jaula y tira del piercing que tienes en el frenillo.
Chica 1:
—Dios, está supercaliente y no puede endurecerse. Esto es justicia de verdad.
Oficial Morena (sacando su llave maestra):
—Bien, todo correcto. Pero como has tardado 18 segundos en desnudarte, te voy a poner una multa: 48 horas extra de negación y un tampón de castigo en la jaula con púas. Tu Ama recibirá el informe y decidirá si te azota en público esta tarde.

Te pone el tampón punzante dentro de la jaula mientras estás aún agachado. El dolor es inmediato.
Oficial Rubia (dándote una patada suave en las bolas):
—Vístete, inútil. Y la próxima vez que te pillemos sin estar perfectamente depilado y con la jaula reluciente, te llevamos al Centro de Reeducación Masculina para una semana de toilet service público. ¿Entendido?

Tú (con la voz rota de humillación y excitación): “Sí, Oficial… Gracias por recordarme mi lugar.”
Oficial Morena (última frase mientras se alejan):
—Camina con orgullo, esclavo. En esta ciudad las pollas no sirven para follar… sirven para estar encerradas y para que nosotras riamos. ¡Siguiente!

Te quedas ahí, vestido de nuevo, con la jaula ardiendo por las púas, el plug más apretado y la cara roja mientras las mujeres de la calle te miran y murmuran: “Qué bien educado está ese”.

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