Carta de Mujer Ginárquica a una amiga, que hasta ahora no es ginárquica... pero lo será.
¡Hola Lola!
Ayer estuve pensando en nuestra charla del otro día, cuando me contabas lo cansada que estabas de discutir por tonterías, de sentir que todo era una negociación eterna y que al final nadie quedaba del todo contento. Me dio un poco de pena verte así, porque yo también estuve en ese lugar durante años… hasta que todo cambió.
No sé si te acuerdas de que te conté hace tiempo que mi relación con Luis es ginárquica. Al principio me costó asumirlo del todo, porque suena fuerte, ¿verdad? Pero ahora, después de varios años viviéndolo, solo puedo decirte que ha sido lo mejor que nos ha pasado. Y no exagero. Quiero contártelo como si estuviéramos tomando un café las dos solas, sin filtros, porque creo que te mereces saber cómo se siente desde dentro.
Imagínate despertarte cada mañana sabiendo exactamente quién lleva el timón. No hay que estar midiendo fuerzas ni compitiendo por ver quién decide qué. Yo decido las cosas importantes: cómo organizamos el dinero, los planes del fin de semana, las prioridades de la casa, hasta cómo y cuándo nos conectamos en la intimidad. Y él… él se entrega a eso con una paz que antes no tenía. Ya no lleva esa presión absurda de “ser el hombre que lo resuelve todo”. Se quita un peso enorme de encima y, en cambio, pone toda su energía en apoyarme, en hacerme la vida más bonita y más fácil.
¿Sabes qué es lo que más me flipa? Que las peleas por tonterías prácticamente desaparecieron. Antes, cualquier cosa —dónde ir de vacaciones, cómo repartir las tareas, qué hacer con el dinero extra— podía convertirse en un debate de horas. Ahora hay claridad: yo decido, él aporta su opinión si se la pido (y suele hacerlo con mucho respeto), y punto. No hay resentimientos ocultos, no hay “tú siempre ganas” ni “yo siempre cedo”. Simplemente fluye. La casa funciona como un reloj: él se encarga de muchas cosas que antes se acumulaban y generaban mal rollo, y yo tengo la tranquilidad de que todo va por donde quiero.
Y en la intimidad… uf, amiga, eso sí que ha subido de nivel. Antes era como una rutina 50/50 que a veces dejaba a los dos a medias. Ahora todo gira en torno a lo que a mí me apetece, a mi ritmo, a mis deseos. Y él lo vive como algo liberador: dice que se siente más presente, más conectado, porque no está pensando en “cumplir” ni en competir. Es como si el deseo se hubiera multiplicado para los dos. Hay más caricias, más atención, más detalles… porque él sabe que su felicidad pasa por verme feliz a mí, y que su placer siempre pasa porque sea yo la que siempre tenga placer, el sabe que, por su bien, a veces le dejo sin ese premio, y ¿sabes lo mejor? no se enfada, lo ha entendido a la perfección. Sabe que su placer es la excitación, y que si quiere llegar al final, ha de ganárselo.
Lo más bonito es que no me siento “mandona” ni tirana. Me siento poderosa, sí, pero de una forma sana. Me he dado cuenta de que siempre tuve esa capacidad de liderar, de organizar, de ver el panorama completo… solo que en las relaciones igualitarias la sociedad te empuja a apagarla un poco para no “asustar” al otro. Aquí no. Aquí puedo ser yo al 100 %, y él me ama precisamente por eso.
No te estoy diciendo que corras mañana a cambiar tu relación, eh. Solo que… ¿y si probáis algo pequeño? Por ejemplo, que durante una semana tú tomes las decisiones principales sin negociar cada detalle. Que él se comprometa a apoyarte sin cuestionar. Y veas cómo se siente. Muchas parejas empiezan así, poquito a poco, y se sorprenden de lo bien que encaja.
Si algún día quieres, te paso algunos libros o recursos que me ayudaron a mí a entenderlo mejor (hay comunidades enteras de mujeres viviendo esto y compartiendo sus historias). O simplemente quedamos y me cuentas cómo te va, sin juicios. Porque lo único que quiero es verte brillar como yo estoy brillando ahora.
Te quiero mucho, y estoy aquí para lo que sea.

Un abrazo enorme,
Azu.
No sé si te acuerdas de que te conté hace tiempo que mi relación con Luis es ginárquica. Al principio me costó asumirlo del todo, porque suena fuerte, ¿verdad? Pero ahora, después de varios años viviéndolo, solo puedo decirte que ha sido lo mejor que nos ha pasado. Y no exagero. Quiero contártelo como si estuviéramos tomando un café las dos solas, sin filtros, porque creo que te mereces saber cómo se siente desde dentro.
Imagínate despertarte cada mañana sabiendo exactamente quién lleva el timón. No hay que estar midiendo fuerzas ni compitiendo por ver quién decide qué. Yo decido las cosas importantes: cómo organizamos el dinero, los planes del fin de semana, las prioridades de la casa, hasta cómo y cuándo nos conectamos en la intimidad. Y él… él se entrega a eso con una paz que antes no tenía. Ya no lleva esa presión absurda de “ser el hombre que lo resuelve todo”. Se quita un peso enorme de encima y, en cambio, pone toda su energía en apoyarme, en hacerme la vida más bonita y más fácil.
¿Sabes qué es lo que más me flipa? Que las peleas por tonterías prácticamente desaparecieron. Antes, cualquier cosa —dónde ir de vacaciones, cómo repartir las tareas, qué hacer con el dinero extra— podía convertirse en un debate de horas. Ahora hay claridad: yo decido, él aporta su opinión si se la pido (y suele hacerlo con mucho respeto), y punto. No hay resentimientos ocultos, no hay “tú siempre ganas” ni “yo siempre cedo”. Simplemente fluye. La casa funciona como un reloj: él se encarga de muchas cosas que antes se acumulaban y generaban mal rollo, y yo tengo la tranquilidad de que todo va por donde quiero.
Y en la intimidad… uf, amiga, eso sí que ha subido de nivel. Antes era como una rutina 50/50 que a veces dejaba a los dos a medias. Ahora todo gira en torno a lo que a mí me apetece, a mi ritmo, a mis deseos. Y él lo vive como algo liberador: dice que se siente más presente, más conectado, porque no está pensando en “cumplir” ni en competir. Es como si el deseo se hubiera multiplicado para los dos. Hay más caricias, más atención, más detalles… porque él sabe que su felicidad pasa por verme feliz a mí, y que su placer siempre pasa porque sea yo la que siempre tenga placer, el sabe que, por su bien, a veces le dejo sin ese premio, y ¿sabes lo mejor? no se enfada, lo ha entendido a la perfección. Sabe que su placer es la excitación, y que si quiere llegar al final, ha de ganárselo.
Lo más bonito es que no me siento “mandona” ni tirana. Me siento poderosa, sí, pero de una forma sana. Me he dado cuenta de que siempre tuve esa capacidad de liderar, de organizar, de ver el panorama completo… solo que en las relaciones igualitarias la sociedad te empuja a apagarla un poco para no “asustar” al otro. Aquí no. Aquí puedo ser yo al 100 %, y él me ama precisamente por eso.
No te estoy diciendo que corras mañana a cambiar tu relación, eh. Solo que… ¿y si probáis algo pequeño? Por ejemplo, que durante una semana tú tomes las decisiones principales sin negociar cada detalle. Que él se comprometa a apoyarte sin cuestionar. Y veas cómo se siente. Muchas parejas empiezan así, poquito a poco, y se sorprenden de lo bien que encaja.
Si algún día quieres, te paso algunos libros o recursos que me ayudaron a mí a entenderlo mejor (hay comunidades enteras de mujeres viviendo esto y compartiendo sus historias). O simplemente quedamos y me cuentas cómo te va, sin juicios. Porque lo único que quiero es verte brillar como yo estoy brillando ahora.
Te quiero mucho, y estoy aquí para lo que sea.
Un abrazo enorme,
Azu.
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