LAS SOBRAS
La puerta se cierra con un clic seco. El salón está en penumbra, solo iluminado por la luz cálida de una lámpara de pie y las velas rojas que arden sobre la mesa baja. El olor a comida especiada aún flota en el aire: restos de un curry tailandés con coco, arroz jazmín, trozos de pollo crujiente, un poco de salsa picante que gotea en el plato.
Estás desnudo, como siempre que entras en su presencia. De rodillas en el centro del salón, manos detrás de la espalda, cabeza baja. El suelo de madera fría te recuerda tu lugar exacto.Ella entra descalza, con ese paso lento y deliberado que hace que cada sonido de sus pies sea un latigazo invisible. Lleva una bata de seda negra abierta por delante, dejando ver la curva de sus pechos y el triángulo oscuro entre sus muslos. En la mano izquierda sostiene el plato grande donde ha comido. En la derecha, una copa de vino tinto a medio terminar.
Se detiene frente a ti. No te mira de inmediato. Primero observa el plato como si evaluara una obra de arte.—Mírame.Levantas la vista. Sus ojos te atraviesan como cuchillos calientes.—Hoy has sido un buen chico… en teoría. Has obedecido mis mensajes. Has negado tu polla todo el día. Has repetido los mantras que te mandé. Pero sigues teniendo esa mirada. Esa chispa ridícula de orgullo que aún no se ha apagado del todo. Hoy vamos a apagarla de una vez.
Deja la copa en la mesa. Se agacha ligeramente, coge un trozo de pollo medio mordido con los dedos. Lo sostiene delante de tu nariz.—Abre la boca. Como un pájaro. Sin dientes. Solo lengua.
Obedeces. Ella deja caer el trozo directamente en tu lengua. Está tibio, empapado de salsa, con su marca de dientes visible en un lado.—Mastica despacio. Saborea lo que yo ya he disfrutado. Cada fibra que tocas con la lengua ya ha sido mía antes que tuya.Tragas. El sabor es intenso, mezclado con el regusto de su saliva. Sientes el calor subiendo por tu cara.
Ella se ríe bajito, esa risa que empieza en la garganta y termina en desprecio.—Mírate. Desnudo en el suelo, tragando mis sobras como un perro callejero. ¿Te das cuenta de lo bajo que has caído? Hace unos meses pensabas que eras un hombre. Ahora comes de mi mano… literalmente.
Se sienta en el borde del sofá, cruza las piernas. El plato queda en su regazo. Con la cuchara recoge un poco de arroz pegajoso mezclado con salsa y trocitos de verdura.—Saca la lengua. Plana. Como bandeja.Extiendes la lengua todo lo que puedes. Ella deposita la cucharada directamente encima. El arroz se desmorona un poco, cae en gotas calientes sobre tu barbilla y tu pecho.—No desperdicies nada. Lame lo que caiga. Usa solo la lengua. Las manos siguen prohibidas.Bajas la cabeza. Tu lengua recoge las gotas del suelo, del pecho, del suelo otra vez. El sabor es más fuerte cerca del suelo: polvo, madera, salsa, vergüenza.—Buen chico… o debería decir buen perrito. Porque eso es lo que eres ahora. Un perrito que come lo que su ama deja caer. ¿Verdad que sí?Asientes. Ella te agarra del pelo con fuerza, te obliga a levantar la cara.—Di: «Soy un perrito que come las sobras de su Ama. No merezco comida limpia».Repites las palabras con voz temblorosa. Cada sílaba te quema la garganta.Ella sonríe. Satisfecha.—Exacto. Y los perritos no tienen asco, ¿verdad? Los perritos lamen todo lo que su ama les da. Incluso si está masticado. Incluso si huele fuerte. Incluso si sabe a lo que ella ya ha digerido en parte.
Coge un trozo grande de pollo que ha masticado a medias y lo ha dejado en el plato. Lo sostiene entre el índice y el pulgar, como si fuera un insecto.—Abre. Bien abierto.Lo deposita entero en tu boca. Sientes la textura blanda, irregular, la huella clara de sus dientes. El sabor es más íntimo, más invasivo.
—Mastica. Despacio. Y mientras masticas, piensa: «Esto ya estuvo dentro de la boca de mi diosa. Esto ya fue parte de ella. Ahora es parte de mí. Soy un contenedor de sus desechos».Tragas con dificultad. Sientes una arcada leve que reprimes a la fuerza.—No. Nada de asco. —Su voz se endurece—. El asco es orgullo disfrazado. El asco es creer que mereces algo mejor. El asco es ego. Y tú ya no tienes ego. Repítelo.—No tengo ego. No tengo asco. Acepto todo lo que mi Ama me da.—Otra vez. Más fuerte.—¡No tengo ego! ¡No tengo asco! ¡Acepto todo lo que mi Ama me da!Ella asiente. Satisfecha por fin.
Vierte lo que queda del plato en el suelo, delante de ti. Un charco irregular de arroz, salsa, trozos de carne y verdura.
—Limpia. Con la lengua. Hasta que brille el suelo. Y mientras lo haces, repite en voz baja, sin parar: «Gracias, Ama, por rebajarme. Gracias por convertirme en nada».Te inclinas. Tu lengua toca el suelo frío. El sabor es más crudo, mezclado con el olor a madera y a humillación. Lames en círculos amplios, metódicos. Cada pasada es una declaración de rendición.
Ella se recuesta en el sofá, bebe un sorbo de vino, te observa como quien mira un espectáculo fascinante.—Más rápido. Quiero verte desesperado por limpiar cada gota. Quiero que sientas que tu dignidad se disuelve con cada lamida.Obedeces. La lengua se mueve frenética. El sabor se mezcla con lágrimas que no sabías que estabas llorando.
Cuando el suelo queda limpio, ella pone un pie desnudo sobre tu nuca, te presiona contra el suelo.—Quédate ahí. Boca abajo. Diez minutos. Sin moverte. Mientras estás así, piensa una y otra vez: «Soy un contenedor. Un cubo de basura con patas. Mi orgullo ha muerto. Mi ego ha muerto. Solo queda servicio. Solo queda ella».
El peso de su pie es suave y aplastante a la vez.
Y en ese silencio, con el sabor de sus sobras todavía pegado al paladar, sientes por fin que algo dentro de ti se rompe del todo.
No hay vuelta atrás.
Ya no queda orgullo que salvar.
Solo queda Ella.
Y tú, reducido a lo que Ella decide que seas.
Se detiene frente a ti. No te mira de inmediato. Primero observa el plato como si evaluara una obra de arte.—Mírame.Levantas la vista. Sus ojos te atraviesan como cuchillos calientes.—Hoy has sido un buen chico… en teoría. Has obedecido mis mensajes. Has negado tu polla todo el día. Has repetido los mantras que te mandé. Pero sigues teniendo esa mirada. Esa chispa ridícula de orgullo que aún no se ha apagado del todo. Hoy vamos a apagarla de una vez.
Deja la copa en la mesa. Se agacha ligeramente, coge un trozo de pollo medio mordido con los dedos. Lo sostiene delante de tu nariz.—Abre la boca. Como un pájaro. Sin dientes. Solo lengua.
Obedeces. Ella deja caer el trozo directamente en tu lengua. Está tibio, empapado de salsa, con su marca de dientes visible en un lado.—Mastica despacio. Saborea lo que yo ya he disfrutado. Cada fibra que tocas con la lengua ya ha sido mía antes que tuya.Tragas. El sabor es intenso, mezclado con el regusto de su saliva. Sientes el calor subiendo por tu cara.
Ella se ríe bajito, esa risa que empieza en la garganta y termina en desprecio.—Mírate. Desnudo en el suelo, tragando mis sobras como un perro callejero. ¿Te das cuenta de lo bajo que has caído? Hace unos meses pensabas que eras un hombre. Ahora comes de mi mano… literalmente.
Se sienta en el borde del sofá, cruza las piernas. El plato queda en su regazo. Con la cuchara recoge un poco de arroz pegajoso mezclado con salsa y trocitos de verdura.—Saca la lengua. Plana. Como bandeja.Extiendes la lengua todo lo que puedes. Ella deposita la cucharada directamente encima. El arroz se desmorona un poco, cae en gotas calientes sobre tu barbilla y tu pecho.—No desperdicies nada. Lame lo que caiga. Usa solo la lengua. Las manos siguen prohibidas.Bajas la cabeza. Tu lengua recoge las gotas del suelo, del pecho, del suelo otra vez. El sabor es más fuerte cerca del suelo: polvo, madera, salsa, vergüenza.—Buen chico… o debería decir buen perrito. Porque eso es lo que eres ahora. Un perrito que come lo que su ama deja caer. ¿Verdad que sí?Asientes. Ella te agarra del pelo con fuerza, te obliga a levantar la cara.—Di: «Soy un perrito que come las sobras de su Ama. No merezco comida limpia».Repites las palabras con voz temblorosa. Cada sílaba te quema la garganta.Ella sonríe. Satisfecha.—Exacto. Y los perritos no tienen asco, ¿verdad? Los perritos lamen todo lo que su ama les da. Incluso si está masticado. Incluso si huele fuerte. Incluso si sabe a lo que ella ya ha digerido en parte.
Coge un trozo grande de pollo que ha masticado a medias y lo ha dejado en el plato. Lo sostiene entre el índice y el pulgar, como si fuera un insecto.—Abre. Bien abierto.Lo deposita entero en tu boca. Sientes la textura blanda, irregular, la huella clara de sus dientes. El sabor es más íntimo, más invasivo.
—Mastica. Despacio. Y mientras masticas, piensa: «Esto ya estuvo dentro de la boca de mi diosa. Esto ya fue parte de ella. Ahora es parte de mí. Soy un contenedor de sus desechos».Tragas con dificultad. Sientes una arcada leve que reprimes a la fuerza.—No. Nada de asco. —Su voz se endurece—. El asco es orgullo disfrazado. El asco es creer que mereces algo mejor. El asco es ego. Y tú ya no tienes ego. Repítelo.—No tengo ego. No tengo asco. Acepto todo lo que mi Ama me da.—Otra vez. Más fuerte.—¡No tengo ego! ¡No tengo asco! ¡Acepto todo lo que mi Ama me da!Ella asiente. Satisfecha por fin.
Vierte lo que queda del plato en el suelo, delante de ti. Un charco irregular de arroz, salsa, trozos de carne y verdura.
—Limpia. Con la lengua. Hasta que brille el suelo. Y mientras lo haces, repite en voz baja, sin parar: «Gracias, Ama, por rebajarme. Gracias por convertirme en nada».Te inclinas. Tu lengua toca el suelo frío. El sabor es más crudo, mezclado con el olor a madera y a humillación. Lames en círculos amplios, metódicos. Cada pasada es una declaración de rendición.
Ella se recuesta en el sofá, bebe un sorbo de vino, te observa como quien mira un espectáculo fascinante.—Más rápido. Quiero verte desesperado por limpiar cada gota. Quiero que sientas que tu dignidad se disuelve con cada lamida.Obedeces. La lengua se mueve frenética. El sabor se mezcla con lágrimas que no sabías que estabas llorando.
Cuando el suelo queda limpio, ella pone un pie desnudo sobre tu nuca, te presiona contra el suelo.—Quédate ahí. Boca abajo. Diez minutos. Sin moverte. Mientras estás así, piensa una y otra vez: «Soy un contenedor. Un cubo de basura con patas. Mi orgullo ha muerto. Mi ego ha muerto. Solo queda servicio. Solo queda ella».
El peso de su pie es suave y aplastante a la vez.
Y en ese silencio, con el sabor de sus sobras todavía pegado al paladar, sientes por fin que algo dentro de ti se rompe del todo.
No hay vuelta atrás.
Ya no queda orgullo que salvar.
Solo queda Ella.
Y tú, reducido a lo que Ella decide que seas.
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