Zona de confort.
Creo que fue un Ama Ginárquica la que inventó el concepto de "Zona de Confort".
La oficina estaba en silencio salvo por el leve crujido del papel. Estábamos solos ella y yo.
Mi Ama estaba sentada a horcajadas sobre mí, su vestido de cuero negro ceñido brillando bajo la lámpara del escritorio. Yo estaba boca abajo en la moqueta gris, la cara apoyada en un brazo, sintiendo el peso cálido y firme de sus muslos y el roce de sus medias negras contra mi nuca y hombros. Sus botines de tacón descansaban a ambos lados de mi cuerpo. Ella leía un montón de documentos con expresión concentrada, como si yo no fuera más que un mueble vivo.
—Sigue quieto —murmuró sin mirarme—. No te muevas hasta que termine esto.
Yo obedecí. Había aprendido. Desde que Ama decidió que yo debía “salir de mi zona de confort”, cada día se iban cayendo pequeñas comodidades que antes daba por sentadas.
Esa misma mañana me había duchado con agua fría, el chorro helado golpeándome la piel mientras ella observaba desde la puerta y no me pude secar con una toalla, sino con un áspero, viejo y pequeño trapo de cocina. Y había ido a trabajar sin ropa interior, solo el pantalón y la camisa que ella me permitió.
Cuando necesitaba descansar o comer, el suelo era mi único sitio. Comía arrodillado o sentado directamente sobre el suelo, a veces lamiendo el plato porque los cubiertos también se habían vuelto un lujo ocasional.
—Hoy no hay sofá ni silla para ti en ninguna parte de la casa —había dicho días atrás—. El suelo te enseña mejor.
Cuando iba al baño, el papel higiénico ya no existía para mí. Usaba hojas de periódico viejo, exactamente como me había ordenado, y después bajaba los papeles usados hasta el contenedor de la calle, para no atascar la taza del servicio ni dejar en casa mis malos olores. Ninguna excepción. “Así aprendes que ni siquiera eso es tuyo por derecho”, me recordó una vez mientras me miraba desde arriba.
Otras veces ni me permitía la ducha durante varios días para hacerme sentir mucha vergüenza por mi mal olor, y Ella lo usaba para echarme de su lado, "no quiero cerdos junto a mi".
Los ascensores están prohibidos: solo escaleras.
—Estas comodidades que te quito no son castigos, esclavo. Son el camino. Cada una que abandonas te acerca más a donde yo quiero que estés: dependiente, atento solo a lo que yo decida que mereces y te ayudo a no estar atado a esas comodidades para que puedas avanzar mejor hacia mi objetivo de que seas totalmente dócil y sumiso.
El periódico, el suelo, el agua fría, la falta de ropa interior, el no sentarte… todo suma. Y seguiré añadiendo más cuando me plazca, cuanto más añada, más libre serás.
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