Poder femenino.

 



Mírame bien desde ahí abajo, sumiso. Arrodillado a mis pies, donde te corresponde. ¿Ves estas curvas? ¿Este sujetador rojo que apenas contiene mis pechos? ¿Estas bragas que marcan mi poder? Me pongo muy cachonda al verte así. No por tu deseo… sino por mi dominio absoluto sobre ti.

Sé perfectamente lo que te gustaría hacer. Sé que tu instinto de hombre te grita que levantes la mirada con lujuria, que estires las manos para quitarme el sujetador, deslizar mis bragas por mis caderas y disfrutar de cada curva de mi cuerpo. Sé que tu polla late solo de imaginarlo. Pero aquí está lo que realmente me excita: ya te he domesticado. Ya no eres ese hombre que soñaba con tocarme. Eres mi propiedad.

En esta Ginarquía, tu deseo quedó sometido a mi voluntad. Ahora, cuando me miras, no piensas en follarme… piensas en obedecerme. Cuando ves mis pechos, no imaginas chuparlos: imaginas arrodillarte más profundo. Cuando contemplas estas bragas rojas, no deseas quitármelas para ver mi coño, sabes que has perdido ese derecho, ahora solo deseas besarlas como prueba de tu sumisión, y cuanto más sucias estén, más te gustan, para lamerlas, olerlas, adorarlas....

Eso me pone empapada. Sentir que controlé tu lujuria hasta convertirla en devoción. Saber que podrías estar temblando de ganas de poseerme, pero en su lugar solo late en tu mente una única orden: “obedecer”.

Tu domesticación es mi mayor placer. Cada segundo que permaneces a mis pies sin atreverte a alzar la mano confirma que te he ganado. Que tu mente ya no te pertenece.

Sigue mirando. Sigue arrodillado. Disfruta del espectáculo de mi cuerpo… sabiendo que nunca lo tocarás sin mi permiso. Sabiendo que muchas veces tu excitación solo servirá para recordarte la jaula con la que he encerrado tu pito. Sabiendo que esto me hace querer más a mi cuerpo, verme poderosa, y querer buscar lencería para provocarte todo lo que pueda. Siempre habéis criticado a las calientapollas, pero ahora es donde eres más feliz, excitado y frustrado, empalmado y sin desahogarte.

Porque yo mando. Y tú, sumiso, solo existes para servir.

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