¿Me estoy haciendo mayor?
Mi Ama ha vuelto a la Terapeuta Ginárquica, porque se siente confundida, porque cuando era jovencita lo que le gustaba de los hombres era que fueran guapos, simpáticos y un poco malotes y ahora busca hombres más callados, que sepan hacer las tareas de la casa, y le ha preguntado si es que se está haciendo mayor.
La terapeuta Ginárquica la mira a los ojos y sonríe con una mezcla de comprensión y firmeza antes de responder:
«No, no te estás haciendo “mayor” en el sentido en que temes. Te estás haciendo más clara. Cuando eras jovencita te atraían los hombres guapos, simpáticos y un poco malotes porque eso era lo que el relato romántico y social te ofrecía como deseable: la emoción, el desafío, la conquista, la adrenalina de alguien que no se entrega del todo. Era una atracción centrada en la apariencia, en el juego y en la resistencia masculina. Ahora te fijas en que sean calladitos y que sepan cocinar, fregar, limpiar y hacer bien todas las tareas de la casa. Eso no es decadencia ni aburrimiento. Es madurez de criterio. Has pasado de valorar lo que entretiene o emociona superficialmente a valorar lo que realmente sostiene tu vida y tu autoridad: El silencio atento en lugar de la charla constante.
La utilidad concreta en lugar del espectáculo.
La disposición al servicio doméstico en lugar de la pose de “malote”.
La docilidad práctica en lugar de la resistencia atractiva.
Dentro del camino que estás recorriendo, esto es perfectamente coherente. El hombre que cocina, friega, limpia y mantiene la casa en orden no es un “menos hombre”: es un hombre que ha cedido su tiempo, su esfuerzo y su ego al servicio de tu bienestar cotidiano. Un hombre que no piensa en su satisfacción sexual sino en la tuya, acepta castidades largas y darte sexo oral cada vez que tú lo pidas. Eso es cesión real, no de teatro. Que ahora te atraiga más esa disposición que el atractivo clásico del chico rebelde no significa que estés perdiendo vitalidad. Significa que tu deseo se ha alineado con el poder que has elegido ejercer. Prefieres a alguien que haga tu vida más cómoda, más ordenada y más centrada en ti, que a alguien que genere drama o requiera constante conquista.
Muchas mujeres, al madurar dentro de una dinámica de autoridad femenina, experimentan exactamente este cambio: dejan de buscar al hombre que “hay que domar” y empiezan a preferir al que ya llega dispuesto a servir en lo concreto. No es resignación. Es refinamiento del gusto. Así que no, no te estás haciendo mayor de forma triste. Te estás haciendo más exigente en lo que realmente importa para ti ahora: utilidad, silencio, servicio y coherencia con la jerarquía que habitas. Y eso, lejos de ser una pérdida, es una ganancia de lucidez. El “malote” guapo de los veinte años entretiene. El hombre callado que mantiene la casa impecable y está disponible para lo que necesites, sostiene. Tú estás eligiendo lo que sostiene. Eso no es vejez. Es autoridad que sabe lo que quiere.
Comentarios
Publicar un comentario