2 desconocidos en el sex-shop

 


Estás en el sexshop, un local discreto y bien iluminado, mirando con cierta nerviosidad una sección de dildos realistas de diferentes grosores y longitudes, y al lado las jaulas de castidad de acero y silicona. Te imaginas el dildo dentro de tus agujeros y la jaula encerrando tu pito. No te das cuenta de que una Mujer de unos 50 años, elegante, cabello oscuro con alguna cana bien llevada, vestida con ropa normal y tacones bajos, te observa desde hace un rato. 

Tiene una presencia calmada pero imponente. Se acerca sin prisa y se detiene a tu lado. Su voz es grave, serena y segura:
—Veo que estás eligiendo con bastante interés… —dice mirando el dildo que tienes en la mano—. ¿Es tu primer entrenamiento serio de garganta profunda, o ya llevas algo de camino? ¿O lo quieres para tu agujero trasero?

Te sonrojas al instante. Intentas balbucear algo, pero ella no espera respuesta larga. Sigue hablando con naturalidad, como si estuviera comentando el tiempo:
—Y esas jaulas… estás buscando una que te mantenga cerrado de forma permanente, ¿verdad? No de fin de semana. Se nota en la forma en que las miras.

Bajas la mirada. Ella sonríe apenas, satisfecha.

—No hace falta que digas nada todavía. Yo soy Ama. Llevo años formando sumisos. Y tú… tú estás gritando “sin Ama” con todo el cuerpo. ¿Me equivoco?

Nieguas débilmente con la cabeza, avergonzado. 

Ella asiente.
—Bien. Entonces vamos a hablar como se debe. Deja eso un momento —señala el dildo— y mírame cuando te hable.

Le obedeces casi sin pensar. Ella te estudia unos segundos.
—Hoy no vas a comprar nada tú solo. Yo voy a decidir qué necesitas de verdad. Primero el dildo: uno de tamaño medio-grande, con base de succión, para que puedas practicarlo de rodillas en casa… y también para el culo. Segundo, una jaula de acero, cómoda pero segura, con candado. La llave se queda conmigo desde hoy.Te mira a los ojos.—¿Aceptas que yo elija por ti esta tarde?

Tu “sí” sale casi en un susurro. Ella asiente una sola vez. Paga ella misma los artículos (el dildo, la jaula, un lubricante bueno y un pequeño plug de entrenamiento). 

Mientras te los entrega en una bolsa discreta, te dice:
—Ahora vamos a tomar algo. Hay un café tranquilo a dos calles. Vas a caminar medio paso detrás de mí. No hables hasta que yo te lo permita.

En el café, en una mesa apartada, ella te hace preguntas directas y tranquilas:
—¿Cuánto tiempo llevas deseando una Ama de verdad?
—¿Has practicado ya la obediencia diaria o solo fantasías?
—¿Estás dispuesto a que esta noche empiece tu entrenamiento formal?

Tú respondes con la mirada baja, con frases cortas. Ella escucha, corrige tu postura un par de veces (“espalda recta, manos sobre los muslos”) y al final dice:
—Esta noche no vas a tu casa. Vas a la mía. Allí te pondré la jaula por primera vez. Luego practicaremos con el dildo: primero garganta, despacio, sin arcadas. Después el culo. Todo con calma, pero con disciplina. Si aguantas bien, dormirás a mis pies. Si no… también, pero con correcciones.

Saca del bolso un pequeño collar de cuero negro, discreto.
—Esto es temporal. Si esta noche demuestras que de verdad quieres servir, mañana hablamos de un protocolo más serio. ¿Aceptas venir conmigo ahora? 

Tu respuesta es un “Sí, Ama” tembloroso pero claro.

Esa noche, en su piso amplio y ordenado, todo se desarrolla con elegancia y control:

Te hace desnudarte despacio frente a ella.  
Te coloca la jaula de castidad ella misma, con movimientos precisos, y se guarda la llave.  
Te pone de rodillas y empieza el entrenamiento de garganta con el dildo, dándote instrucciones claras (“respira por la nariz… más despacio… traga”).  
Después te prepara y usa el mismo dildo en tu culo, mientras te recuerda que a partir de ahora tu placer está bajo su control.  
Al terminar, te permite descansar la cabeza en su regazo un rato, acariciándote el pelo con una mezcla de dureza y posesión.

Antes de dormir te dice:
—Desde esta noche eres mi sumiso en prueba. Mañana te daré las primeras reglas escritas. Si las cumples, esta Ginarquía temporal se volverá permanente.

Y tú, ya cerrado en la jaula, con el cuerpo cansado y la mente en blanco de sumisión, solo puedes responder:—Sí, Ama. Gracias.

La mañana siguiente te despiertas en el suelo, a los pies de su cama, sobre una esterilla fina. La jaula de castidad ya lleva horas puesta y se nota. Ella se despierta despacio, se incorpora y te mira desde arriba con esa expresión calmada y posesiva de la noche anterior.
—Buenos días —dice con voz ronca de sueño—. De rodillas. Espalda recta. Manos sobre los muslos. Mirada baja hasta que yo te autorice a levantarla.

Obedeces en silencio. Ella se levanta de la cama, se pone una bata ligera para que apenas puedas ver su bello cuerpo y se acerca. Te acaricia el pelo una vez, casi con indulgencia, y después te habla con tono claro y sin prisas:
—Hoy empiezan tus primeras reglas. No son muchas, pero son innegociables. Escucha con atención porque las vas a repetir después.

Saca un pequeño cuaderno y te las dicta una por una mientras tú permaneces de rodillas:
Te dirigirás a mi siempre como Ama. Nunca por mi nombre ni con ningún otro tratamiento.
No hablarás a menos que yo te haga una pregunta o te dé permiso explícito.
Tu orgasmo está completamente prohibido. La jaula solo se abre cuando yo lo decida y solo para higiene o para usarte como yo quiera.
Cada mañana, nada más despertarme, estarás de rodillas a los pies de la cama en posición de espera hasta que yo te dé la primera orden del día. Prohibido mirar mi ropa interior o cualquier parte de mi cuerpo que te pueda resultar excitante, como el culo, mis tetas, mis muslos...
Prepararás mi desayuno exactamente como yo te indique y me lo servirás de rodillas.
No te vestirás hasta que yo te lo permita. 
Mientras estemos en casa permanecerás desnudo (excepto la jaula).
Cualquier necesidad fisiológica (baño, beber agua, etc.) requiere mi permiso.
Al final del día me darás las gracias de rodillas por haberte permitido servir.

Cuando termina de dictarlas, te mira:
—Ahora repítelas. En voz alta y sin equivocarte.

Las repites, con la voz un poco temblorosa. Ella corrige dos pequeños fallos de memoria y, cuando las dices correctamente, asiente.
—Bien. Primera orden del día: ve al baño, limpia tu jaula con cuidado bajo el agua tibia y vuelve de rodillas. Tienes tres minutos.

Mientras tú cumples, ella se ducha con calma. Al salir te encuentra otra vez en posición de espera en el dormitorio.
—Ahora prepara el desayuno. Café solo, tostada con aguacate y un yogur griego. Lo servirás en la mesa baja del salón. Tú comerás después, de rodillas, lo que yo te deje.

Mientras preparas la comida ella se sienta en el sofá, revisa el móvil y de vez en cuando te corrige la postura con una sola palabra (“espalda”) o un chasquido de dedos. Cuando el desayuno está listo, te arrodillas junto a la mesa baja y le sirves. Ella come con tranquilidad. A ti te permite un vaso de agua y medio yogur, siempre de rodillas y en silencio.

Al terminar se limpia la boca con la servilleta y te mira:
—Hoy empiezas el entrenamiento formal. Después de que limpies la cocina vamos a practicar de nuevo con el dildo: primero garganta, después culo. Y esta vez voy a cronometrar cuánto tiempo aguantas sin arcadas y sin quejarte.

Se levanta, te acaricia la cabeza una vez más y añade con una sonrisa ligera pero firme:
—Bienvenido a tu nueva vida, sumiso. Las reglas solo van a aumentar y ser más duras y dolorosas, es lo que yo deseo de un sumiso, pero sé que tú también lo estás deseando ¿Lo entiendes?

Tú, todavía de rodillas, respondes exactamente como te ha enseñado:
—Sí, Ama. Gracias.




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