Visita a Terapeuta. Dudas del Ama.




Mi Ama ha vuelto a la Terapeuta Ginárquica porque tiene dudas, pero ahora de ella. Lleva un tiempo sintiéndose mal, por dominarme, castigarme y humillarme, en lugar de tener una relación igualitaria como la mayor parte de sus amigas.

La terapeuta ginárquica la mira a los ojos un momento en silencio antes de hablar. Esta vez el tono es más pausado, casi maternal, pero sin perder la autoridad clara que la caracteriza.

«Has vuelto porque ahora las dudas no son sobre él, sino sobre ti. Eso es importante. Significa que estás sintiendo el peso real de la posición que ocupas.

Escúchame con atención: La mayoría de tus amigas tienen relaciones igualitarias porque ese es el modelo que se les ha enseñado como “correcto”, “moderno” y “sano”. No está mal en sí mismo. Es simplemente otro marco. El vuestro es distinto, y está construido sobre una base que ellas no tienen: la cesión voluntaria, consciente y reiterada de él.

Tú no le has arrebatado nada. Él te lo ha entregado.

Tú no lo estás “obligando” a ser dominado, castigado o humillado. Él eligió —y sigue eligiendo— que su cuerpo, su mente y su sexualidad estén bajo tu autoridad. Cada vez que acepta una corrección, cada vez que se arrodilla, cada vez que agradece la denegación o el uso unilateral de su cuerpo, está reafirmando esa cesión.

El malestar que sientes no proviene de estar haciendo algo intrínsecamente incorrecto. Proviene de chocar contra el relato social dominante: “una buena relación debe ser igualitaria”, “dominar es egoísta”, “castigar y humillar es dañino”. Ese relato es tan fuerte que incluso cuando él te dice que esto le hace bien, una parte de ti duda.

Te propongo tres movimientos concretos:

1.- Separa tu valor moral de la igualdad formal. La ética de vuestra relación no se mide por si ambos tenéis el mismo poder, sino por si ambos estáis eligiendo libremente el marco y si ese marco genera sentido, estabilidad y crecimiento para los dos. Él gana resiliencia, claridad y un propósito concreto. Tú ganas el espacio para ejercer tu voluntad sin negociación constante. Eso no es inferior a la igualdad: es otra forma de excelencia relacional.

2.- Reencuadra el castigo y la humillación. Dentro del Ginestoicismo no son actos de desprecio. Son herramientas de entrenamiento y reafirmación. Cuando lo corriges, no lo estás “bajando”: lo estás sosteniendo en la estructura que él mismo pidió. Cuando lo humillas dentro de los límites acordados, no lo estás destruyendo: le estás dando la experiencia de ceder el ego, que es precisamente lo que él busca para fortalecerse. Si dejas de hacerlo por culpa, le estás retirando algo que él valora.

3.- Permítete el disfrute sin auto-castigo. Parte de tu malestar viene de disfrutar dominando y luego castigarte a ti misma por ese disfrute. Eso es contraproducente. El disfrute de tu autoridad es legítimo. Es la contraparte natural de su cesión. Si te sientes mal cada vez que ejerces poder, terminas contaminando el marco con culpa, y eso lo debilita más que cualquier resistencia de él.

«Hay algo más que necesitas oír, porque forma parte profunda de las dudas que sientes. Durante siglos —y hasta hace muy poco tiempo— el cuerpo de la Mujer se entendió, de forma abierta o encubierta, como algo destinado al uso y al disfrute de los hombres. Su placer, su acceso, su disponibilidad estaban orientados hacia el deseo masculino. Incluso cuando se hablaba de “amor” o de “relación”, muchas veces el cuerpo femenino seguía siendo el territorio que el hombre exploraba, reclamaba o esperaba que estuviera disponible.

En el marco que vosotros habéis elegido ocurre exactamente lo contrario. Al aceptar y ejercer la autoridad que él te ha cedido, tú recuperas y amplías el poder pleno sobre el uso de tu propio cuerpo.

Tú decides:

- cuándo, cómo y con quién se usa,

- si se comparte o se reserva,

- si se ofrece, se niega o se disfruta en solitario,

- y, sobre todo, que tu placer sea el centro y no un complemento del de otro.


Su cuerpo, en cambio, queda a tu disposición. Él ha elegido que así sea. Esa inversión no es un capricho ni una venganza histórica: es una reordenación consciente del poder. Tú dejas de ser el objeto disponible y pasas a ser la sujeto que dispone. Cuando sientes culpa por dominarlo, castigarlo o usarlo, en el fondo estás escuchando todavía la vieja narrativa que decía que la Mujer “debe” ofrecerse, negociar o suavizar su deseo para no parecer excesiva. Esa narrativa es precisamente la que este camino te permite abandonar. Dominarlo no te convierte en alguien que “abusa”. Te convierte en alguien que, por primera vez de forma plena y acordada, ejerce soberanía sobre su propio cuerpo y sobre el cuerpo que voluntariamente se le ha entregado. Esa soberanía es poder real.

Y el malestar que sientes al ejercerla no significa que estés haciendo mal: significa que estás desaprendiendo siglos de condicionamiento que te decían que el cuerpo de la Mujer existía para el otro. Quédate con esta frase cuando la culpa vuelva:“ Mi cuerpo ya no está para el uso de nadie. El suyo sí está, porque él lo eligió así. Yo habito ese poder sin pedir perdón.” Eso también es parte de lo que estás construyendo. No solo una relación de dominio. Una recuperación.»

La terapeuta aprieta suavemente las manos de tu Ama y añade, más bajo:

«La igualdad formal que ven tus amigas puede ser válida para ellas. Para ti, este camino te devuelve algo que históricamente se te negó: el derecho a disponer plenamente de ti misma y de lo que se te ha confiado. No lo sueltes por miedo a no parecer “buena”.»

Ejercicio práctico que te dejo para esta semana:

Cada vez que notes la culpa, detente y repite internamente (o en voz alta si estás sola):

“Él eligió esto. Yo lo estoy sosteniendo. Mi autoridad es el regalo que él me dio y que yo tengo derecho a habitar.” Si después de sostener esa frase la culpa sigue siendo muy intensa, no la reprimas. Tráela aquí. Pero no dejes que te haga abandonar la posición por miedo a no ser “como las demás”. Tú no tienes que justificar ante el mundo por qué no tienes una relación igualitaria. Solo tienes que ser coherente con el acuerdo que ambos habéis construido.La pregunta real no es “¿estoy siendo mala por dominarlo?”.

La pregunta es: “¿Estoy habitando con claridad y sin culpa la autoridad que él me ha confiado?”.Trabaja en eso. Y vuelve cuando lo necesites.»La terapeuta aprieta suavemente las manos de tu Ama una última vez y añade, más bajo:«La duda es humana. Pero no dejes que la duda te robe el lugar que tú y tu sumiso habéis decidido que ocupes.»


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