Tareas de sumiso.
Cuando Ama Lua quedaba con su sumiso 137, el sumiso sabía que debía seguir el protocolo que su Ama le había establecido.
Al entrar en casa, el sumiso, nada más pasar la puerta, debía desnudarse y meter toda su ropa en una bolsa negra de basura que su Ama le tenía en el suelo.
Ama Lua a veces era un poco malvada y tardaba en cerrar la puerta para que si alguien pasaba viera al sumiso 137 desnudarse. No solía pasar nadie, pero servía para poner más nervioso al sumiso.
Luego le ponía una jaula en el pito.
Todo era muy simbólico. Al sumiso, desde la entrada, ya se le hacia ver que sur pertenencias eran insignificantes, y se metían, sin doblar, sin orden, en una simple bolsa de basura. Y con la jaula ya le quitaba las pocas esperanzas que pudiera tener de que iba a tener algún orgasmo, ni con coito ni con paja.
Desde ese momento el sumiso debía ir a cuatro patas por la casa, detrás siempre del Ama, y solo hablaría cuando su Ama le indicase.
Solo podía tener iniciativa para pedir permiso si tenía que hacer pis, o algo grave.
A continuación lo primero que hacían era ir a una habitación, en la que el Ama le daba al sumiso su primer castigo.
Luego venía el que el sumiso tenía que hacer las tareas de la casa que su Ama le tuviera preparado. No eran pareja, no vivían juntos, y el Ama le puso como condición al empezar a ser Ama y esclavo, que a cambio de la educación y del honor que para el sumiso era poder besarle los pies, obedecerla, ser humillado por ella, ... que él la liberaría de ciertas tareas. Ella necesitaba a alguien que le limpiara la casa.
Normalmente le hacía pasar la aspiradora, fregar el suelo y lavar la ropa del Ama, en lavadora algunas prendas, y a mano las más delicadas, la ropa interior. La jaula le hacía estar más tranquila de que el sumiso 137 no fuera un cerdo y que no se atreviera a masturbarse con sus braguitas.
A veces, antes de hacer que lavara las braguitas o los sujetadores, le hacía que suplicara por besarlos, lamerlos, olerlos... Y ella, con todo el derecho como Ama que es, a veces le daba el permiso y otras no, sin tener que dar ninguna razón.
Y cuando Ama Lua se cansaba, le mandaba al sumiso a su casita, excitado siempre, claro.
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