La carpintera
En la Ginarquía las Mujeres no piden permiso para ocupar ningún espacio. Ni siquiera aquellos que durante siglos se consideraron “cosas de hombres”.
Mi Ama está en su ebanistería. El delantal vaquero, usado, señal de que es algo que hace habitualmente, el pelo recogido con descuido, las manos llenas de serrín… y la mirada concentrada de quien sabe exactamente lo que está construyendo. No es un mueble cualquiera. Está fabricando mi jaula.
Con paciencia y precisión lija la madera, ajusta las uniones, prueba el cierre. Cada movimiento es seguro, experto, superior.
Lo que antes se enseñaba solo a los masculinos —el trabajo de la madera, la fuerza, la técnica— ahora lo domina una Mujer. Y lo domina mejor. Porque ella no lo hace por necesidad económica ni por tradición. Lo hace por poder.
Mientras trabaja, yo espero de rodillas a unos metros, mirando cómo toma forma el lugar donde dormiré las noches que Ella decida. Una jaula hecha con sus propias manos. Un recordatorio físico de que ya no soy libre, de que mi cuerpo y mi existencia pertenecen a Ella.
La Ginarquía no solo cambia las leyes. Cambia los oficios. Lo que era “masculino” se convierte en herramienta de dominio femenino.
Mi Ama no necesita que ningún hombre le construya nada, ella ya no depende de ningún masculino. Ella misma forja la prisión de su sumiso, y con cada pasada de lija me enseña una lección más profunda que cualquier azote: Que las Mujeres pueden hacerlo todo y que lo hacen mucho mejor que nosotros.
Que los machos solo pueden recibir.
Y que cuanto más “masculina” parezca la labor, más humillante es para el subordinado verla realizada por su Dueña.
Cuando termine la jaula, me hará entrar. Cerrará la puerta y la mantendrá cerrada hasta que ella decida, expresar mi opinión o mi malestar solo puede hacer que ese tiempo se alargue. Y yo agradeceré, una vez más, haber nacido en una era donde las Mujeres mandan… y los hombres solo obedecen.
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