La Mujer de la linterna.

 


En las ruinas de un mundo que se desmorona, camina ella. Desnuda, marcada de ceniza y tierra, con la corona de espinas aún clavada en su cabello. No es víctima. Es la que ha atravesado el fuego. 

En su mano derecha lleva una linterna encendida, cuya luz cálida y firme corta la niebla espesa. Dos cuervos la acompañan: uno sobre su hombro, otro a sus pies. Son sus heraldos. Sus testigos.

Ella ya no pide permiso. Pero sabe que muchas aún no han dado el paso. Existen Mujeres que aún caminan encorvadas, aunque sus cadenas ya no existen. Mujeres que sueñan con ser libres, con mandar, con ocupar el centro del poder, pero que en el último instante retroceden. El patriarcado les susurró durante tanto tiempo que su naturaleza era servir, que su deseo de dominar era “malo”, “egoísta”, “poco femenino”. Les enseñó a sentirse culpables por su propia grandeza. Y muchas, aún hoy, cargan esa culpa como una segunda piel. Se quedan en la puerta del poder. Miran hacia el suelo. Se disculpan por querer más. Se conforman con migajas de autonomía mientras sus almas rugen en silencio.

Es entonces cuando aparece ella. La mujer de la linterna. Sale de la niebla con paso firme, el cuerpo desnudo y sucio de haber cruzado el inframundo, pero la espalda recta y la mirada encendida. No llega a convencer con palabras dulces. Llega con presencia. Su luz no es suave; es reveladora. Ilumina sin piedad los grilletes mentales que aún atan a sus hermanas.

—Mírate —le dice a la que duda—. ¿Hasta cuándo seguirás pidiendo permiso para ser quien eres? El trono no está maldito. El dominio no es pecado cuando nace de tu propia naturaleza.

Y en esa luz, algo se rompe. La Mujer atrapada ve su propio reflejo en la llama: no ve a la pecadora, ni a la débil, ni a la que “debe ser buena”. Ve a una Reina que ha sido engañada. Ve el poder que siempre latió en su vientre, en su mente, en su voluntad. Ve que dominar no es destruir al hombre, sino colocarlo en el lugar que le corresponde bajo el nuevo orden: el Matriarcado.

Muchas caen de rodillas al comprenderlo. Otras lloran. Algunas, simplemente, se levantan, se quitan la corona invisible de culpa y comienzan a caminar detrás de la portadora de la linterna. Las que ya despertaron no llegan a salvarlas. Llegan a recordarles que ya están salvadas. Solo falta que se atrevan a tomar el fuego. 

Y cuando lo hacen, la niebla se disipa. Las ruinas se convierten en cimientos. Los cuervos vuelan anunciando el cambio. Y una nueva procesión de Mujeres desnudas, coronadas y poderosas comienza a avanzar. 

Porque el Matriarcado no se implora. Se asume. Y la luz ya está encendida.


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