Solo puedes mirar.

 


Mírala bien, perdedor encerrado.
Ahí está tu Ama, sentada sobre sus talones con ese culo enorme, redondo y jugoso enfundado en leggins negros que se le marcan entre las nalgas como si te estuvieran torturando a propósito. Ella arquea la espalda, te mira por encima del hombro y sonríe con puro desprecio, sabiendo que tu jaula de castidad está apretando dolorosamente contra tu polla inútil mientras miras.
Ese culazo perfecto que tanto te hace babear y sufrir… nunca va a ser tuyo. Nunca vas a poder tocarlo, lamerlo, olerlo ni follarlo. Llevas meses —o años— encerrado en esa jaula diminuta, con las bolas hinchadas y moradas, goteando sin parar, y ella solo te provoca más.
«¿Te gusta lo que ves, esclavo frustrado?

Mira cómo se mueve este culo que tú nunca vas a probar. Imagina hundir la cara entre mis nalgas sudadas después del gym… pero eso solo lo hacen hombres de verdad. Tú solo miras. Tú solo sufres. Tú solo goteas dentro de tu jaula como el cornudo castrado que eres.»

Ella flexiona las nalgas lentamente, provocándote, sabiendo que cada segundo que pasas mirando aumenta tu desesperación y tu dolor en la jaula. Tu polla intenta endurecerse y solo consigue golpearse contra los barrotes de metal, recordándote tu realidad:
Cero orgasmos.
Cero sexo.
Cero libertad.

Solo negación eterna, bolas llenas y un culo divino que jamás, en toda tu miserable vida, vas a poder disfrutar.
«Sigue mirando, perrito enjaulado.
Sigue sufriendo y goteando.
Este cuerpo se entrena para hacer sufrir a lo hombres, débiles por naturaleza cuando tienen delante un culo femenino… y tú solo estás aquí para babear, doler y obedecer.»


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