La patada
Con una mirada de absoluto desprecio, ella levanta la pierna y le propina una patada brutal directamente en sus inútiles pelotas.
El tacón de aguja se hunde con fuerza en su patética entrepierna, aplastando sus bolas contra su propio cuerpo mientras un dolor intenso le recorre todo el abdomen. Él aprieta los dientes, agarra sus pantalones con fuerza y se queda congelado como el cobarde sumiso que es.
Porque este perdedor sabe perfectamente cuál es su lugar: aguantar en silencio cada patada que su Ama quiera darle en sus bolas débiles y ridículas. Ella decide cuándo, cómo y con cuánta fuerza. Y él solo puede recibirlo, como el esclavo inútil y masoquista que nació para ser.
Ella ni siquiera sonríe. Solo lo mira desde arriba con frialdad y superioridad, disfrutando del espectáculo de verlo sufrir por su placer.
El tacón de aguja se hunde con fuerza en su patética entrepierna, aplastando sus bolas contra su propio cuerpo mientras un dolor intenso le recorre todo el abdomen. Él aprieta los dientes, agarra sus pantalones con fuerza y se queda congelado como el cobarde sumiso que es.
No se queja.
No se atreve a gemir.
Ni siquiera parpadea.
Ella ni siquiera sonríe. Solo lo mira desde arriba con frialdad y superioridad, disfrutando del espectáculo de verlo sufrir por su placer.
«Aguántalo, inútil.Tus pelotas existen solo para ser pateadas por mí.Y vas a tragar todo el dolor que yo decida darte… cuantas veces me dé la gana.»
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