La quiebra total

(La habitación está casi a oscuras, solo iluminada por velas rojas que proyectan sombras largas y amenazantes. El sumiso está completamente desnudo, de rodillas sobre el suelo frío de madera, con los brazos atados en una posición dolorosa detrás de la espalda. La jaula de castidad de acero inoxidable le aprieta brutalmente la polla hinchada y morada, que lleva tres semanas sin liberarse. Su espalda, nalgas y muslos están cubiertos de marcas frescas: verdugones rojos de la fusta y ardientes de la vara de madera. Sudor y lágrimas le corren por la cara. El Ama, vestida con un corsé de cuero negro que realza sus curvas, está sentada en su trono alto, con las piernas cruzadas. En una mano sostiene la vara, en la otra hace girar la llave de la jaula colgando de una cadena entre sus pechos. Su mirada es fría, calmada y absolutamente dominante.)

Sumiso (voz rota, temblando violentamente, con la frente casi pegada al suelo, sollozando):
Ama… por favor… ya no puedo más… Llevo tres semanas encerrado como un animal… me duele la polla todo el día, late, arde… la jaula de mi pene me está matando. Cada vez que intento endurecerme me corta la piel… y los golpes… Ama, los golpes de ahora… me arden como fuego. Ya no es placer, es puro dolor. Me estoy rompiendo… por favor, libérame aunque sea solo cinco minutos… o pare… se lo suplico de rodillas… tenga piedad de este patético esclavo…
Ama (con una sonrisa lenta y cruel, inclinándose hacia delante y clavándole la mirada):
¿Piedad? ¿De verdad crees que mereces piedad, pedazo de inútil?
Mírame a los ojos cuando me hables, esclavo. ¡Ahora!
(Le agarra del pelo con fuerza y le levanta la cabeza de un tirón, obligándolo a mirarla. Las lágrimas le caen por las mejillas.)
Mírate… llorando como una puta barata solo porque tu Ama te está usando como se merece. ¿Tres semanas? Eso no es nada. Hoy vas a aprender que tu sufrimiento apenas empieza.
Sumiso (llorando abiertamente, voz quebrada y desesperada):
Ama… por favor… mi polla va a explotar… me duele tanto que no puedo pensar… y mi espalda… cada golpe me hace gritar por dentro… ya no lo soporto… soy suyo, pero esto… esto me está destruyendo… por favor… pare… libéreme… le juro que haré lo que sea…
Ama (se ríe bajito, soltándole el pelo solo para pasar la punta de la vara por su mejilla mojada de lágrimas, bajando lentamente hasta su cuello y pecho):
¿Harás lo que sea? Qué gracioso. Ya lo estás haciendo, idiota.
Estás aquí de rodillas, con la polla encerrada y morada, suplicando como el gusano que eres… y yo ni siquiera te he tocado todavía.
La castidad no es un juego cuando te excita, mi pequeño esclavo inútil. La castidad es mía cuando tu polla patética llora dentro de la jaula y yo decido que siga sufriendo.
El castigo no es mío cuando gimes como una zorra en celo. El castigo es mío cuando estás llorando y rogando que pare… y yo elijo seguir marcándote la piel hasta que entiendas tu lugar.
Sumiso (casi hiperventilando, sollozando con fuerza):
Ama… por favor… soy un inútil… mi polla no merece nada… pero duele… duele demasiado… ya no soy hombre… solo soy su juguete roto… por favor… tenga compasión…
Ama (se levanta despacio, camina alrededor de él como un depredador, golpeando suavemente la vara contra su propia palma. Cada golpe seco resuena en la habitación):
Compasión… ¿para qué? ¿Para que vuelvas a creerte que tienes derechos? No.
Quiero que sientas que ya no eres nada. Que tu placer no existe. Que tu dolor es mío para alargarlo todo lo que me dé la gana.
Quiero que tu mente se rompa del todo. Quiero que llores más fuerte. Quiero que te des cuenta de que en esta Ginarquía tu voluntad es una puta broma.
(Se detiene frente a él, levanta la vara y le da un golpe seco y fuerte en el muslo interno, justo al lado de la jaula. El sumiso grita.)
¿Ves? Aún puedo hacerte gritar más. Y lo voy a hacer.
Sumiso (gritando de dolor, cuerpo temblando, voz rota y humillada):
¡Aaaah! ¡Ama, por favor! ¡Duele! ¡Ya no puedo! ¡Soy su esclavo patético! ¡Mi polla es suya y no vale nada! ¡Pero pare… se lo ruego… me estoy muriendo por dentro!
Ama (voz baja, intensa, llena de poder. Se agacha frente a él, le agarra la cara con una mano y le clava las uñas en las mejillas, obligándolo a mirarla):
Escúchame bien, pedazo de carne inútil.
Vas a recibir treinta golpes más con la vara. En el culo, en los muslos y en esa patética jaula que tanto te duele.
Y después… te voy a dejar encerrado otras tres semanas completas. Sin tocarte. Sin un solo roce. Sin esperanza.
Cada día vas a despertarte sabiendo que tu Ama te tiene exactamente donde quiere: desesperado, dolorido y completamente dócil.
Y tú, mi esclavo roto, vas a besarme los pies y vas a darme las gracias por cada golpe y por cada día de negación.
Vas a decir en voz alta: “Gracias, Ama, por romperme y hacerme más tuyo”.
¿Lo entiendes, o tengo que seguir golpeándote hasta que te mees encima de la vergüenza?



Sumiso (destrozado, llorando sin control, voz apenas audible entre sollozos):
Sí… Ama… entiendo… soy… soy su esclavo inútil… mi cuerpo y mi polla le pertenecen… por favor… hágame lo que quiera… gracias… por romperme…
Ama (sonríe con orgullo sádico y profundo amor, le acaricia el pelo con una mano mientras con la otra levanta la vara):
Buen chico. Muy buen chico.
Ahora empieza a contar en voz alta, como la puta obediente que eres.
Y cada número vas a terminarlo con “Gracias, Ama, por hacerme más dócil”.
Uno…
(La vara corta el aire con un silbido. El golpe cae fuerte sobre sus nalgas ya marcadas. El sumiso grita, pero obedece.)
Sumiso (gritando y sollozando):
¡Uno! ¡Gracias, Ama, por hacerme más dócil!
Ama (riendo suavemente, satisfecha):
Eso es… dos…
(La escena continúa mientras la Ama afianza su dominio golpe a golpe, lágrima a lágrima, hasta que el sumiso ya no es más que un esclavo completamente roto y entregado a su voluntad ginarquica.)

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