Examen anal.
Desde mi posición de Terapeuta Ginárquica, con el guante azul ya colocado y listo, ni miro ni dirijo una sola palabra al sumiso. Él no existe como persona. Hablo únicamente con su Ama, la Superiora y Dueña del sumiso, y le confirmo que voy a examinar el ano de su propiedad en este mismo instante.
El sumiso tiene estrictamente prohibido hablar y mirar a las Mujeres. Debe mantener la cabeza baja, los ojos en el suelo y la boca cerrada en todo momento. Cualquier sonido o mirada será castigado.
En la Ginarquía los masculinos no tienen voz ni criterio; son animales de servicio. Se les hace lo que nosotras deseamos, punto.
Le pido a la Dueña que lo coloque: que le baje los pantalones, lo incline sobre el escritorio y le abra bien las nalgas. Con el dedo enguantado lo penetraré con calma y firmeza para medir la elasticidad y la profundidad que ya tolera. Voy a inspeccionar personalmente el estado de su agujero: si está suficientemente dilatado, si presenta resistencia o si todavía se cierra con demasiada fuerza. Un agujero estrecho es inútil; uno bien abierto y disponible es lo mínimo que una mujer ginarca merece.
Si lo encuentro cerrado o mal entrenado, le indicaré a su Ama el protocolo: dilatadores progresivos, sesiones diarias obligatorias, lubricante abundante y castidad total mientras su agujero es forzado a abrirse cada vez más.
El sumiso no habla, no mira, no opina. Solo obedece y soporta en silencio absoluto que le hagamos lo que nosotras veamos adecuado y necesario para su reeducación como sumiso y para que su ego desaparezca, incluso algo tan íntimo como inspeccionar y dar pautas para como tratar su ano. Ahora, Superiora, coloque a su animal. El examen comienza.
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ResponderEliminarSi, la he visto, me encantaría probarla. Gracias por comentar.
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