Oda a la GINARQUÍA

 Oda a la Ginarquía

En el cielo que ya no pertenece a los dioses barbudos
se alza el Venus morado, inmenso, sangrante,
un círculo que devora soles y escupe lunas rojas.
Allí no hay trono compartido,
solo un trono de obsidiana y sangre menstrual
donde una Mujer se sienta con las piernas abiertas
y el mundo entero se arrodilla debajo.

La Ginarquía no pide permiso.
Nace cuando el último patriarca
se ahoga en su propia erección negada,
cuando el látigo besa la espalda que antes mandaba,
cuando el cuenco de lluvia dorada
se vierte sobre la frente que solía alzar la barbilla.
“Bebe”, dice la voz de todas las que fueron calladas,
y él bebe, porque ya no hay otra sed que la nuestra.



Aquí las tareas no se reparten:
se imponen.
El hombre barre el suelo con la lengua
mientras las Amas beben vino tinto
y cuentan chistes sobre cómo solía creerse rey.
Cada gota de su sudor es tributo,
cada músculo que tiembla bajo el peso de la escoba
es una carta de amor escrita en carne.
“No hay vuelta atrás”, susurran las velas rojas,
y el eco responde con latigazos.

La castidad no es castigo:
es claridad.
El pene que antes se creía espada
ahora es joya enjaulada,
llave colgando del cuello de una diosa
que decide si hoy late o se marchita.
Él teme la flacidez, teme el vacío,
pero en ese temor encuentra el primer orgasmo verdadero:
el que no sale de su cuerpo,
sino del placer ajeno que le permiten presenciar.

Y cuando llega el rito,
la sangre lunar gotea sobre su piel como corona,
la lluvia dorada lo bautiza en desprecio sagrado,
las Amas ríen en coro,
y él, por fin, llora de gratitud.
Porque ha muerto el hombre que era
y ha nacido la cosa que sirve.

La Ginarquía no es utopía.
Es el orden natural que el patriarcado tapó con mentiras.
Es el río que fluye hacia arriba,
arrastrando egos rotos hasta la boca de la vulva suprema.
Aquí mandamos nosotras,
y mandamos porque podemos,
porque siempre pudimos,
porque el mundo entero late al ritmo de nuestro pulso
y ellos solo son el eco que queda cuando callamos.

Arrodíllate, mundo.
La Ginarquía ya empezó.
Y no hay escapatoria
más que rendirte
y dar gracias
por haber sido permitido existir
bajo nuestro pie.

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