Mi primer fin de semana en la Ginarquía familiar
El viernes por la tarde, cuando mi Ama Elena abrió la puerta de la casa familiar, el aire ya olía a dominio absoluto. Yo gateaba detrás de ella, desnudo, con el collar de cuero negro apretando mi cuello y el dispositivo de castidad de acero frío mordiendo mi carne hinchada. Mi excitación era ya dolorosa, pero eso solo era el preámbulo. Dentro esperaban cinco mujeres que no tenían intención de ser misericordiosas: Victoria, la madre de Elena, 60 años, mirada de acero y voz que cortaba como látigo; Laura, 45, curvas pesadas y sadismo refinado; Sofía, 35, cuerpo de atleta y crueldad quirúrgica; Marta, 40, intelectual con ojos que desnudaban el alma; y Carla, 38, voluptuosa, verbalmente letal y adicta a la humillación pública.
Primero Victoria. Se sentó en el borde del sofá, piernas abiertas, falda levantada. Me agarró del pelo y hundió mi cara en su sexo maduro, húmedo, con olor fuerte a mujer que no pide permiso. “Lame como si tu vida dependiera de ello, porque depende”. Gemía mientras me insultaba: “Eso es, lame el coño que te dio vida a tu patética existencia. Siente el sabor de la verdadera autoridad”. Mi polla latía contra los barrotes de acero, goteando pre-semen que ellas señalaban y se reían.
Luego Laura. Me usó como asiento: se sentó directamente sobre mi cara, aplastándome, moviéndose con violencia. “Respira por la nariz si puedes, mierda. Si te asfixias, mejor. Los machos no necesitan aire cuando sirven”. Cada vez que intentaba tomar aliento, me daba un azote con la palma abierta en los testículos encerrados. “¡Más lengua! ¡Más profundo, inútil!”
Sofía fue brutal. Me ató las manos a la espalda con cinta y me obligó a lamerla de pie, con ella agarrándome el pelo como riendas. “Mírame a los ojos mientras me comes el coño, cerdo. Quiero ver cómo se rompe tu orgullo”. Cada vez que mi ritmo bajaba, me daba un rodillazo en el estómago. “¿Te duele? Bien. El dolor es tu nuevo maestro”.
Al final de la noche estaba exhausto, la cara hinchada y empapada de sus jugos, la jaula goteando, el cuerpo temblando de excitación negada. Me encerraron en una jaula pequeña en el sótano, con un cartel que decía: “Frustración ginárquica – no tocar”. Elena me miró desde arriba: “Duerme con tu sufrimiento, perrito. Mañana las cinco te romperán del todo”.
El sábado fue peor. Desperté con Sofía abriendo la jaula de una patada. “Levántate, esclavo de mierda. Hoy limpias toda la casa mientras nosotras te usamos de mueble y de felpudo”. Pasé la mañana fregando, lavando su ropa interior usada a mano (oliendo cada prenda mientras ellas comentaban: “Huele a superioridad femenina, ¿verdad, cerdo?”), cocinando desnudo con un plug anal grande que Carla me insertó “para que sientas nuestra presencia constante”. Cada error era castigado: azotes con cinturón, patadas en los huevos, escupitajos en la cara.
Por la tarde, en el jardín cubierto, me exhibieron como trofeo. Elena me ató a un poste en el centro, piernas abiertas, jaula expuesta. “Señoras, el juguete está listo. Úsenlo”. Me usaron como humano-mueble: Victoria se sentó en mi espalda mientras leía; Laura me pisoteó los testículos con tacones bajos; Sofía me azotó el culo hasta dejarlo rojo mientras yo gemía. Luego vino la ronda sexual: una tras otra se sentaron en mi cara, me montaron la lengua, me frotaron sus sexos empapados mientras me insultaban sin parar.
La noche culminó en una orgía de humillación. Me pusieron de rodillas en el centro del salón, rodeado por las cinco. Elena coordinaba: “Ahora atiende a todas a la vez. Lengua, dedos, lo que pidan. Tú no tocas nada”. Me turnaron sin descanso: lamí, chupé, metí dedos, soporté sus orgasmos uno tras otro mientras ellas se besaban, se tocaban entre sí, reían de mi frustración. Carla me obligó a beber de un vaso donde habían mezclado sus fluidos: “Bebe la esencia de tus superioras, puto”. Victoria me escupió en la boca abierta: “Trágate nuestro desprecio”.
El domingo por la mañana, arrodillado ante las cinco, con voz quebrada, les di las gracias una por una mientras ellas reían y me escupían. Elena me puso de nuevo el collar y me sacó gateando. Mi ego estaba pulverizado. Mi polla, prisionera. Mi mente, suya para siempre.
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